El dedo y la luna en el conflicto boliviano



«Bolivia desestimó sus elecciones de octubre como fraudulentas. Nuestra investigación no encontró razón para sospechar fraude».

Es el título de un artículo publicado hace unos días por el prestigioso Washington Post por dos investigadores del Massachusetts Institute of Technology, John Curiel y Jack R. Williams que, por encargo del CEPR, llevaron a cabo un estudio sobre las últimas elecciones boliviana. De hecho, el estudio se llevó a cabo sobre el informe realizado por el CEPR [1] el pasado mes de noviembre y confirmó su resultado: «No parece haber una diferencia estadísticamente significativa en el margen antes y después de la suspensión del recuento preliminar. A cambio, es probable que Morales haya superado el margen de 10 puntos porcentuales en la primera ronda [2]».

Una vez más, al igual que con el informe de la OEA [3], nos enfrentamos a una investigación incompleta, que no disipa las dudas y no aclara definitivamente lo que sucedió durante el “black out” del escrutinio preliminar la noche del 20 de octubre. Como se ha mencionado, el estudio no trajo nada nuevo, después de haber confirmado simplemente el informe del CEPR y está incompleto porque no aborda las muchas otras pistas y problemas encontrados por el informe final de la OEA. Nada nuevo, entonces, y sin embargo, este artículo ha tenido una resonancia tan considerable que ha llevado a muchos a manipular las noticias y a afirmar, sin duda, que es otra prueba de que no ha habido fraude.

No creo que sea necesario seguir comentando los datos, ya que no aportan nada nuevo. Me parece mucho más interesante abordar su importancia política y la gestión, especialmente a la izquierda, de este mismo informe. Para los partidarios de Evo Morales, este informe sería la prueba definitiva de que no hubo fraude electoral, o sea, Morales habría ganado las elecciones y el golpe, preparado ya en 2016 por la derecha (algunos incluso cuestionan la derrota al referéndum del 2016) habría dado su curso obligando al presidente a renunciar y huir del país. Es el esquema que aplasta todo en la polarización, donde aquellos que critican a Morales son considerados de derechas o de hacer el juego de la derecha, donde todo es teorizado, impulsado y manipulado por el imperialismo estadounidense, que sin duda jugó un papel central pero que fue sólo una de las muchas fuerzas que han contribuido al los acontecimientos.

El informe publicado en el Washington Post llega en un momento político particular, con la derecha boliviana dividida e incapaz de converger en un proyecto político unitario alternativo al "progresismo" del MAS hacia las elecciones presidenciales del 3 de mayo próximo. El punto crucial parece ser eso: entre los aspirantes a presidentes de la derecha, destacan los nombres de Mesa, Añez, Camacho. La fragmentación del ala golpista y la continua guerra interna por la hegemonía (y el papel de candidato) muestra que ninguno de ellos parece capaz de garantizar la estabilidad política, la gobernanza y la aplicación de políticas económicas a favor de élites economicas y financiarias del país. Según las encuestas, de hecho, sólo Mesa y Añez en este momento tienen alguna esperanza de derrotar a Arce, pero sólo en la segunda vuelta, es decir, con un parlamento en el que el MAS tendría mayoría absoluta, dado que se le da como ganador casi seguro en la primera ronda. Aunque la crisis política ha reducido su apoyo, el MAS sigue siendo la única fuerza política en Bolivia que podría garantizar la estabilidad política, un elemento no insignificante para aquella area politica (y no sólo) que pretende seguir el camino de las politicas extractivista, como también se puede ver en las últimas decisiones tomadas por el "gobierno de facto" El MAS en estos años de gobierno ha garantizado todo esto y la elección de Arce como candidato, promotor del "milagro económico" boliviano, representa la continuación natural de esta línea política.

En este clima, el informe publicado por el Washington Post ofrece una ayuda perfecta a Evo Morales, desacreditando los derechistas acusados del golpe de Estado y de haber "inventado" los fraudes y al mismo tiempo rehabilitando al MAS de todas las acusaciones, no sólo de los fraudes, sino también de la corrupción.

Se necesita un profundo esfuerzo de honestidad intelectual para admitir que el MAS no es el modelo positivo que la propaganda masista y progresista ha logrado transmitir a lo largo de los años. Pero es esencial para no caer en la trampa de la polarización y de la única alternativa al avance del fascismo y del imperialismo yanqui que llevó a denunciar el golpe y ponerse del lado de Evo Morales sin ninguna posibilidad de criticar su trabajo en estos 14 años de gobierno. Sin embargo, aquellos que luchan “desde abajo y a la izquierda” por construir un mundo más justo y creen que el derrocamiento del sistema capitalista es indispensable para lograr este objetivo no pueden dejar de tener en cuenta lo que el MAS ha sido en los últimos años. Desde hace muchos años activistas como Oscar Olivera habían tratado de advertir contra la deriva autoritaria que estaba tomando el gobierno de Morales [4]. También desde las páginas de Globalproject, tratamos de contarlo en los últimos meses, entrevistando a defensores ambientales antes de las elecciones [5], durante los días de la crisis [6] y algún tiempo después [7]. No estamos solos, por supuesto: en el apogeo de la crisis, María Galindo, Silvia Rivera Cusicanqui, Raquel Gutiérrez, Eduardo Gudynas, Rita Segato (sólo por nombrar algunos) han sido criticados duramente por criticar el gobierno de Morales. Para este artículo [8] Raúl Zibechi ha sido referido por varios partidos como "agente de la CIA". Más recientemente, una excelente entrevista de Alessandro Peregalli [9] con una compañera boliviana comentó todas las limitaciones y distorsiones dramáticas del gobierno de Morales que, lejos de ser considerado un ejemplo para los izquierdistas revolucionarios, tiene que ser juzgado por lo que era: un gobierno que traicionó la confianza de su pueblo, que de instrumento político de la base se convirtió en un instrumento de poder corrupto de una nueva élite, que utilizó y abusó de la base para perpetuarse en el poder y que en conclusión se convirtió en instrumento del propio sistema capitalista.

A la izquierda, ortodoxa, institucional y no, todo esto no le importa. Tampoco le interesa que el muy odiado Almagro, considerado el director del golpe en nombre de los Estados Unidos, en 2017 apoyó la candidatura de Morales derrotado en el referéndum y "recuperado" por el TSE (que controlaba) a través de una sofismo que antepone el " derecho humano" de repostularse por cuarta vez, a la constitución. No es interesante que Morales pisoteó y humilló los valores indígenas de los que había sido con orgullo portavoz. Tampoco es interesante que el general Kaliman, el que "sugirió" que Morales renunciara, fuera un leal suyo y que la renuncia que trajó a la construcción de la figura de la víctima fuera un paso necesario debido si al descontento de las fuerzas del ejército, pero también y sobre todo por el gran número de personas que exigían su renuncia en las calles y que podrían haber llevado a una guerra civil en la que, en primer lugar, Morales habría tenido mucho que perder, dados los precedentes en el país.

Porque seguimos a perder tiempo mirando el dedo y no a la luna. Porque el problema no es el supuesto fraude o no. Ni siquiera es quién ganó las elecciones. Todo esto hace el juego de Morales o de la derecha, de una de dos opción complementarias. O del sistema capitalista. El problema es qué, y quién, queremos defender, de que lado de la barricada queremos estár. El problema es, ¿qué aspiración tenemos para la construcción de otro mundo posible? Por el riesgo de no tener fachos en el gobierno, ¿tenemos que sacrificar los territorios al dios extractivista? ¿Hay que renunciar a nuestra libertad y autonomía? ¿Hay que aceptar en silencio las decisiones, correctas o erróneas, de un caudillo "iluminado" desde arriba sin ninguna posibilidad de respuesta o protesta? ¿Hay que aceptar en silencio la criminalización de los movimientos o de las personas que se oponen a él? ¿Hay que aceptar que las reglas democráticas sólo se aplican cuando son convenientes? ¿Hay que aceptar que la corrupción y la cooptación infectan a nuestros representantes y organizaciones? ¿Hay que aceptar que algo o alguien es sacrificado en el altar de la conquista del poder? ¿Hay que aceptar la destrucción de la ética por parte de aquellos que dicen que quieren ser alternativas al sistema capitalista?

«Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo», dijo el Che a sus hijos justo antes de partir por la "campaña boliviana". Si queremos ser verdaderamente revolucionarios, debemos buscar esas injusticias y luchar contra ellas, incluso cuando son incómodas de admitir, incluso cuando provienen de aquellos que nos lideraron y luego nos traicionaron.












Original en Gobalproject